martes, 19 de junio de 2007

Pintura: el taller de Francis Bacon

'I feel at home here in this chaos because chaos suggests images to me. And in any case I just love living in chaos'
Francis Bacon on 7 Reece Mews

Nota en RevistaÑ

ARTE
La obra póstuma de Bacon: su taller

Infinidad de pedazos de diarios, libros y revistas, montañas de pintura, capas geológicas de mugre fueron catalogados y transportados al país natal del artista, Irlanda. De ese "humus", decía, surgió su obra.

JULIAN BELL . Nueva York

A una lámina del Atlas-Manuel des maladies de la bouche, traducción francesa de libro de medicina alemán de 1894, le falta casi la mitad. El trapezoide arrancado muestra: "Fig. 1": una foto muy retocada de unos labios abiertos con fórceps que revelan encías desfiguradas por un absceso, dientes cascados y espuma alrededor de la lengua. La cromolitografía con su carne roja destaca como una viñeta ovalada sobre el fragmento color crema del papel brillante. Pero el papel fue manchado luego por pinceladas cargadas de verde y cerúleo; a la derecha se ven huellas digitales en azul-negro y violeta, pequeñas salpicaduras de amarillo y rojo. Los bordes del papel están rasgados y recortados, una grieta lo recorre como un río donde los dedos lo doblaron: el corte vertical es consecuencia de décadas de excesivo manoseo.

Se trata de uno de los varios miles de artículos que fueron catalogados en 1998, cuando se llevó a cabo la limpieza del cuarto de trabajo bastante exiguo de Reece Mews, Kensington, Londres SW7. Esta habitación fue ocupada por el artista Francis Bacon desde 1961 —cuando cumplió cincuenta y dos años— hasta su muerte en 1992. Durante seis años el taller de Bacon permaneció en un limbo imperturbable, pero en 1998, gracias a las negociaciones realizadas entre la Galería Hugh Lane, de Dublín, que cuenta con una de las principales colecciones de arte moderno y contemporáneo de Irlanda, y el compañero y heredero de Bacon, John Edwards, todo su contenido (no sólo cada pedazo de papel, sino hasta las paredes con incrustaciones de pintura) fue embalado y transportado al museo. Allí fueron colocados nuevamente en una sala de exposición construida a ese fin, exactamente en el mismo desorden en que Bacon los había dejado en Londres. De esta manera el pintor (cuyo padre inglés criaba caballos en Irlanda) volvió a la tierra de su infancia. La curadora de Hugh Lane, Margarita Cappock, reseña y analiza el inventario en su libro, profusamente ilustrado Francis Bacon's Studio.

En general, lo que describe Cappock son papeles. Su equipo de trabajo encontró imágenes impresas rotas no sólo de libros médicos sino de revistas; fotos pisoteadas de amigos de Bacon; bocetos apurados de composiciones; proyectos arrugados y garabateados de imágenes ("sombras color carne", "cama del crimen", "carne vista en un cajón"). Había libros de fotografías de animales salvajes y libros de arte con reproducciones de Velázquez y de Ingres. Todo eso fue apilándose entre cajas de champaña, rodillos de pintura, pinceles, potes y latas a lo largo de tres décadas, formando estibas alrededor de una senda hasta el caballete. En las mesas de trabajo, tubos de pintura destapados se confundían en conglomerados montañosos. Apoyadas contra las paredes y las ventanas y también en el piso había desparramadas cientos de telas con agujeros en lugares en que, en algún momento, había habido caras. Registros fotográficos anteriores indican que un espejo circular en plata repujada —una reliquia de la prehistoria del pintor, de sus intentos juveniles de trabajar en diseño de interiores— fue uno de los pocos elementos que siempre reinó orgulloso en medio de todo ese embrollo sucio y deprimente.

»A medida que vamos habituándonos a ese entorno y a la mentalidad que lo animó, más sentimos que este engominado de 54 años con su camisa ordinaria de Jermyn Street controlaba el obturador por interpósita persona. Tiene que haber sido perfectamente consciente de la imagen que daba: dicen que se complacía en medio de ese "abono" que lo rodeaba y del cual habían brotado sus imágenes. Podría decirse de Reece Mews que no fue simplemente una declaración de estilo, sino la obra escultórica única del artista —el equivalente de «étants Données de Duchamp, la instalación que estuvo a disposición del mundo recién después de su muerte—. Y si durante todo el tiempo manejó los hilos, deseando oscuramente reubicar el estudio desde el más allá, ¿qué hay de la basura que tomamos como pista?, ¿era sólo un señuelo, una trampa? ¿Lo que han estado aferrando esos dedos manchados de pintura es nuestra credulidad?

Estos pensamientos surgen porque los comentarios del propio Bacon siguen dominando en gran medida la literatura acerca de él. El interés por Bacon no muestra indicios de disminuir. Entre las distintas exposiciones de los últimos dos años, Francis Bacon: la violencia de lo real, en Düsseldorf, y Francis Bacon: Pinturas desde 1950, que se originó en Norwich, Inglaterra, y ahora viaja a Estados Unidos, presentaron catálogos importantes. El último incluye un largo ensayo de Michael Peppiatt, el biógrafo de Bacon. Por su parte, el curador de la muestra de Düsseldorf, Armin Zweite, concluye su texto con la observación de que el arte de Bacon "requiere continuos esfuerzos para explicar el proceso y el producto", y esta recomendación sin duda es muy tenida en cuenta.

Además del libro de Cappock, se publicaron otros dedicados al taller de Bacon, entre ellos Francis Bacon: Committment and Conflict, un nuevo estudio general por Wieland Schmied, y In Camera: Francis Bacon: Photography, Film and the Practice of Painting, de Martin Harrison, un análisis exhaustivo del uso que hacía Bacon de los materiales que tomaba como punto de partida. Todas estas publicaciones tienen aspectos valiosos (digamos de paso que el libro de Cappock está diseñado con elegancia, contiene información sólida y ofrece muchas percepciones locales elocuentes). De todas maneras, leamos cual leamos, las expresiones que más trascienden y se fijan en nuestra mente son las del propio Bacon. Por ejemplo, "Abrir las válvulas del sentimiento y de ese modo volver a arrojar al observador a la vida con más violencia" y "el realismo debe ser reinventado".

(c) The New York Times y Clarín

Traducción de Cristina Sardoy

3 comentarios:

Raúl Alberto Lilloy dijo...

tenia el sindrome diogenes, andaba juntando basuras por todos lados

Cesar dijo...

Si pero con esa basura creaba obras maestras...

Raul-Lilloy dijo...

cierto